«A 130 años ¿Qué es Villa Elisa?»

Si me preguntas qué es Villa Elisa, te diré que es una ciudad pequeña de calles muy arboladas, de plazas sombrías y también abiertas  al sol, con flores de mil colores y mil fragancias, es la conjunción  de viejas tradiciones  con lo nuevo que nos ofrece el devenir del tiempo.

Villa Elisa, lugar donde conviven toda una población de conocidos, donde los hijos de mis hijos juegan con los hijos de tus hijos como ayer lo hicimos nosotros y nuestros antecesores y también lo harán lo que nos sucedan en el tiempo.

Es  una madre que aprisiona entre sus brazos sus polluelos, que se pone triste frente a cada partida, que se vuelve orgullosa y feliz cuando el nombre de uno de ellos alcanza altura en cualquier género y traspasa el límite de sus cuatro esquinas. Es la novia inolvidable que siempre espera el regreso de aquel que un día partió en busca de nuevos horizontes.

Villa Elisa, mi pequeña ciudad, cómo no quererla si es parte de nuestra vida, si es un pedazo de tierra que nos marcó  con su sello propio e inconfundible, si sus distintos tonos de verde nos ofrecen la quietud y la calma, si su cielo abierto  nos ofrece su espacio para descansar nuestra mirada, si su iglesia  plantada en el centro nos indica que debemos hacer un descanso; como no quererla, si es el lugar que recibió nuestro primer llanto, nuestros primeros pasos, si  el infinito de sus ecos encierra el sonido de nuestras voces, si nuestras rodillas guardan las marcas de sus piedra, y si también su Campo Santo guarda pedazos de nuestros sentimientos, de nuestras vidas… ¡Cómo no quererla!.

Margarita (Micky) Roude

Otras formas de trabajo.

El 1º de julio de 1974  el Sr. Alfredo Antonio Vuagniaux y su hermana Adela abren por primera vez las puertas del bar y despensa “San Martín”, como se llamaba en aquella época.

Al no contar con un local propio, los hermanos decidieron alquilar un salón, ubicado en una esquina estratégica en pleno centro de la ciudad de Villa Elisa, en calle San Martín y a esto se debió su nombre.

El trabajo en conjunto, motivado por un fin compartido hizo que el negocio creciese con rapidez.

Alfredo estaba a cargo del bar y le transmitía a su esposa y a su hermana los conocimientos acerca de la atención al cliente que él poseía por haber trabajado durante 29 años, como empleado en otro comercio del mismo rubro.

Estuvieron quince años de esa manera hasta que comenzaron la construcción de un local propio ubicado en calle Gutiérrez 1380.

“Las cosas no eran como ahora, en esa época corríamos detrás del mostrador todo el día, la gente tenía otra forma de vida además éramos uno de los únicos que trabajábamos este rubro” comentaba Alfredo. “Por eso, logramos crecer, sin comodidades ni horarios. Nada fue fácil” decía mi mamá Elba Boero.

Fueron tantos los años invertidos en ese local, cosechando amigos, clientes y viviendo con el paso del tiempo los sucesos que marcaron la historia de nuestro país y que forman parte de nuestra historia familiar.

Algunos hechos perjudicaron la economía de ese momento y otros ayudaron al crecimiento. “No olvido jamás en la época inflacionaria cuando cambiábamos los precios cada media hora. Y antes no eran etiquetas sino cartoncitos con una chinche”… Comentaba la tía Adela.

El trabajo y el tesón dieron sus frutos, en la actualidad continúa con el emprendimiento que  tantos recuerdos familiares alberga.

Aldo  Vuagniaux

Una clase de anatomía en 3 er. Grado –  Escuela Nacional N° 125 –

Con la figura del cuerpo humano colgada en el pizarrón la maestra Ana María Esteban dice:

“Chicos, vamos a hablar del cuerpo y señalando con el puntero, ya estudiaron cabeza, tronco y extremidades, hoy estudiaremos esta parte que une la cabeza con el tronco”.

Para comenzar ¿cómo se llama? Todos levantábamos la mano, si la respuesta estaba bien mejoraría  nuestra calificación, la maestra señala a Susana y ella contesta “pescuezo, señora”, no, no   es ese el nombre. A ver Marcelo, que responde “cogote, señora”, no tampoco ese es correcto y dice a ver Carlitos, éste se para y dice “gañote, señora” tampoco dice la maestra.

Ésta esperando el verdadero nombre, dice, bueno vos sos el último tienes que saberlo y el niño exclama “garguero, señora”.

Decepcionada la maestra por el lunfardo de sus alumnos les explica, esta parte se llama “cuello”, esperando que les grabe en la memoria.

 

Henry Marcelino Treboux

Recuerdos.

Cuarentena. Aislamiento. Tiempo de recogimiento, de añoranzas, de largas visitas virtuales.

A mis 76 años entrecierro mis ojos y mis recuerdos echan a volar, matizados con olor a cedrón, a mandarinas en flor, a cosechas recién cortadas, doradas espigas de trigo. Las taipas de la arrocera donde corre presurosa el agua fresca, el humo del horno de ladrillos recién quemado. Y aquí me detengo, porque este hecho de “quemar el horno de ladrillos” era todo un acontecimiento que reunía a la familia y a todo el vecindario.

Nosotros vivíamos en un rancho, “casita de barro”, rodeada de quinta de frutales, eucaliptus y paraísos que la cobijaban de los vientos y la protegían de los soles de enero. En aquellos eucaliptus, al final de la hilera hacíamos nuestra casita para jugar en las siestas veraniegas.

Mi madre soñaba con su nueva casa y fue así que surgió la idea (el emprendimiento) de hacer ladrillos, pero ¿qué pasaba? Mi padre los vendía  ni bien terminados y así, hasta que la vieja dijo “este es para hacer la casa” y se plantó. Era un trabajo duro. De él se ocupaba mi padre, mi hermano mayor, un muchacho de la zona y mi hermana que aun hoy, con sus 84 años, recuerda el sacrificio que significaba con frio o con calor.

Había que traer tierra, juntar abono de caballo, hacer el pisadero. El agua que se sacaba con un malacate accionado por un caballo iba a parar a un reservorio que llamábamos “cachimbo”, un pozo grande para luego ir agregando a ese barro pisado por caballos. Después como todo se había modernizado, lo hacia una rueda gigante, al menos a mis ojos de niña.

Al cortar el barro, que se sacaba en carretillas con unos moldes de madera, salían dos ladrillos que aquellas manos rudas alisaban, para volcarlos luego en un lugar parejo donde ya no crecía la maleza.

A los días (no recuerdo cuantos) decían “ya están maduros de ese lado” y había que ponerlos de canto. Yo tendría 6 o 7 años, y con José mi amigo de la infancia, corríamos carrera para ver quién llegaba primero al final de la hilera. Para nosotros era un juego, hoy se consideraría trabajo infantil.

Después había que cargar el horno, con las boqueras previamente hechas por donde se colocaba la leña y ahí llegaba el ACONTECIMIENTO.

La “mama” preparaba el pan para el asado de uno o dos corderos, pues se reunían los vecinos, había que mantener vivo el fuego del horno toda la noche. No faltaban los pasteles y algún licor casero. Era una verdadera fiesta. Y al son de la música de los hermanos Bourlot jugaban al truco y a la taba.

Los gurises jugábamos a encender cañas de maíz y corretear por el campo donde había una laguna. Me parece verla. La rodeábamos con las improvisadas antorchas, era un festival de luces, además capturábamos bichitos de luz.

Allí está, ya en ruinas, aquella casa que albergo mis amores. Con esos ladrillos tan nuestros, hoy rodeada de sembradíos y surcada por maquinaria moderna.

El progreso llegó pero no puede, de ninguna manera, borrar mis añoranzas.

 

Herminda Vuarant (Pita)

Recuerdos del Círculo Católico de Obreros de Villa Elisa fundado en el año1913

Agradecimiento al Señor Omar Hipar – Moñato-  quien me ha contado estas historias del Circulo. Omar tiene muchas anécdotas de la Institución, ya que desde muy niño vivió de cerca la vida institucional. Fue jugador de bochas del Círculo llegando a ser presidente de la sub-comisión. También se desempeñó como presidente de la asociación departamental de bochas de colon durante varios periodos. Participó activamente en dicha asociación incluso colaborando en la organización de dos los mundiales de bochas en las que confeccionaron hasta 12 canchas para jugar en simultaneo. Es realmente grato escuchar sus vivencias relatadas en forma amable y cordial recordando fechas, Jugadores, lugares y años en que sucedieron los hechos. Notando en sus palabras una cuota de añoranza por las vivencias atesorando momentos de gloria de dicho deporte y sobre todo en el Círculo Católico de obreros de Villa Elisa.

Corría  el año 1963…

La cancha de bochas estaba situada donde hoy está la cancha de paddle. Por supuesto cancha de tierra, al aire libre con la sombra de enormes eucaliptos, que siendo niños aprovechábamos para pasar las horas de la siesta. Dichos arboles estaban ubicados al costado de donde actualmente es el corralón municipal y para darle paso al progreso fueron arrancados con palas excavadoras y vendidos a gente del campo.  Como toda cancha al aire libre tenía el inconveniente de la lluvia, dado el caso, eso automáticamente suspendía todo partido o torneo en disputa, pero ¡¡¡los arboles eran otra cosa!!!  Todos sabemos que los arboles de eucaliptos al ser sacudidos por el viento y por magia de la naturaleza siempre arrojan ramitas, hojas y sobre todo la semilla. Una especie de conito chiquito del tamaño de una bolilla.

Antiguas crónicas  cuentan que cierto día se disputaba un torneo muy pero muy reñido. Era la final y ambos equipos dependían de quien obtenía el mayor  tanto para obtener la copa. Estaban empatados, el  equipo del Círculo integrado por Feliciano Duarte, Eusebio Favre –Violeta- y Gallina Duarte. Ultimo jugador, ultima bocha, ultima chance de ganar. Arrima la Gallina Duarte,  venia la bocha haciendo su recorrido para llegar al mingo lo más cerca posible y obtener el tanto que daría el triunfo. Cuando de pronto comienzan a escucharse exclamaciones que alertaron a  la Gallina, quien velozmente reconoce que en su rodar la bocha se toparía con una semilla de eucalipto  que por supuesto detendría su marcha o la desviaría. Entonces en un vuelo magistral, se lanza una palomita alcanzando  a sacar la semilla. Para algunos fue la ovación del público ante semejante hazaña, para otros la jugada que hablaba por sí misma. La cuestión, es que la bocha siguió su rodar – como quien está seguro de su destino- quedando mamona sobre el mingo y el equipo logra alcanzar el tanto para ser el ganador.-

Estela Naveira

Carreras de Caballos….

El imaginario popular reconoce en los elisenses dos características: una es la de cuidar su ciudad, que se destaca por su prolijidad, orden y limpieza, engalanada con bonitos jardines y plazas; la otra es la de ser amantes del turf, la práctica de este deporte permanece a lo largo de los años como una de las actividades recreativas populares.  Es por ello que es común nombrar a Villa Elisa como “Ciudad Jardín” y en referirse a la ciudad de los “burreros” como se le dice en la jerga popular.

En la anécdota que les narro se conjugan ambas características.

Las carreras de caballo se practicaron desde hace muchos años atrás, recuerdo que en los años 1967/1970, la cancha de carreras estaba ubicada en el campo de mi casa, camino a Hócker, y allí se realizaban a beneficio de la entonces Escuela Nacional N° 125.

Los primos Sergio Y Lisandro Treboux fueron apasionados por este deporte, dedicándose juntos a la cría de caballos pura sangre fundaron en el año 1967, el haras “Humberto Sergio” – el nombre elegido en recuerdo a mi hijo –

Un haras es un criadero de caballos, en el que se busca el mejoramiento de la raza según el fin para que se persiga: polo, equitación, carreras, etc. En este caso se criaban y cuidaban caballos PSC (pura sangre de carrera). Tarea que se hacía con todo el respeto por las características del animal y la dedicación que requería tiempo, constancia, cariño, pasión.

Los productos eran inscriptos en el Registro del Stud Book Argentino y como corresponde eran inspeccionados llevando una ficha de filiación de cada uno de ellos, en la que figuraban todas las características del animal, que al presentarse a correr testimoniaba su identidad.

Si bien la finalidad del emprendimiento era la venta de los caballos, generalmente prevalecía el amor que le tenían y el gusto por verlos desempeñarse en la pista, desplegando su energía, sensibilidad y destreza al correr; y optaban por deleitarse participando de las hípicas en diferentes hipódromos entrerrianos, disfrutando de grandes satisfacciones y alegrías.

Lis Bis, fue uno de los productos nacido y criado en el haras, un caballo que obtuvo una perfomance y trayectoria reconocida en el ámbito turfistico, acreditándose varios premios y galardones por la cantidad de carreras ganadas. En una oportunidad en la que había conquistado tres carreras seguidas en el Hipódromo de Palermo en Bs. As. , inmensa fue nuestra sorpresa al leer en un periódico capitalino la dedicatoria de un escritor porteño – Mendoza – destacando las cualidades de nuestro pueblo y del haras en la poesía que a continuación transcribo:

 

Haras Humberto Sergio

Todo el stud está feliz

en forma presta y segura

con Barrios a la montura

volvió a ganar Lis Bis.

La tercera del entrerriano,

de Villa Elisa señores.

Defendiendo los colores

con calidad de baqueano

Angel Vazón muy ufano

con fibra de cuidador

pone de él lo mejor

para el flete provinciano.

Hay poetas y artesanos

cuidadores, los mejores

Jardines que son primores

en este pueblo entrerriano.

Y ya que de éste hablamos

poniendo punto final

a este pingo colosal

como un ejemplo lo damos.

Elida Azario

130 años de anécdotas

Con mi marido, durante muchos años, criamos pollos. Teníamos 2 galpones en la época  en que se criaba por cuenta del dueño, no integrados, como actualmente. Corría agosto del año 1983,  y un día se desató una terrible granizada; que volvió a repetirse al mes de la primera. En la primera oportunidad, el granizo fue de un tamaño grande, mientras que, en la segunda oportunidad, en el mes de septiembre fueron de menor tamaño pero en gran cantidad y con mucho viento y lluvia. Esto se produjo al anochecer. Uno de los galpones de pollos tenía techo de chapa de cartón, y en su interior pollos de tiempo para cargar. Las chapas se perforaron de tal manera, que cuando se colocó un farol en el interior para que pudieran comenzar a cargar los pollos, el techo, visto desde el exterior,  parecía  un cielo estrellado.

Entonces hicimos lugar en otro galpón, techo de zinc, y con mi marido pasamos los pollos para ese lugar. Todas las aves eran unas bolas de abono de la cama y pesaban mucho. Intentamos llevarnos con una carretilla, pero fue imposible. O sea que, a mano nomás, los fuimos llevando hasta la 1 o 2 de la mañana.  Cuando no aguantamos más, por el gran cansancio, nos acostamos. Como yo tenía unas botas de goma con pollera, las mismas me quemaron las piernas, y no pude dormir del dolor. A las 5 de la mañana mi marido se levantó para ver cómo estaban los pollos que quedaban y me dice: – “Llamá a las gurisas para que te ayuden a ordeñar”. Pues él  iba a seguir trasladando.

Cuando terminé de ordeñar, vi el camión que llegaba a terminar de cargarlos. ¡Una bendición!

Aún hoy cierro los ojos y me parece que veo a mi marido. Yo ordeñé con mis hijas y él cargó los pollos que estaban secos. Luego desayunamos y seguimos sacando hasta el mediodía.

Lo bueno para contar de toda esta situación, fue que sólo murieron 30 pollos.

 

María Clara Blanc

“Comparten hogar y no son familia”

Comparten tantas cosas, las veinticuatro horas de cada día, las visitas, algunos sufren las largas ausencias.

Comparten la sombra del árbol de níspero cuando el calor abraza.

Comparten  la mirada perdida, viendo pasar la vida por la avenida.

Poco a poco se van y dejan recuerdos, como el que soñaba con su chalet nuevo,  su auto nuevo, su avión, su campo de cuatrocientas hectáreas y novia nueva pero no se podía casar “porque Mita no quiere porque  se quedaba sin ayudante”.

Como no sentir nostalgia recordando  aquel que cumplía años el mismo día que el Hogar, y al llegar a los ochenta y un años, compartió la torta con el muchacho que cumplía años y había nacido en ese lugar, sus ojos se llenaron de alegría, se transformó en un niño grande que por primera vez apagaba una vela y le cantaban el “Feliz Cumpleaños”.

Todos reciben el cuidado lleno de amor del personal que día a día comparten sus vidas.

Todos son distintos, son únicos, con distintas historias y distintos recuerdos.

No son familia pero comparten hogar, son los abuelos del Asilo del Hospital “San Roque- María Aguer de Francou”.

 

Asociación Cooperadora del Hospital San Roque

María Aguer de Francou

Margarita Roude

Mickhy

Una vida de sacrificios y satisfacciones….

Nací el 29 de noviembre de 1937, mi infancia fue difícil, crecí junto a mi abuela y a muy escasa edad perdí a mi mamá y hermanos…quedé solo….

Muchos son los recuerdos que tengo presente en mi memoria, como por ejemplo cuando concurría a la Escuela N° 20 mi maestra de primer grado fue la Sra. Ángela Inrungaray de Roude –  hice dos veces el “primero superior”, Angelita era muy buena maestra me hablaba, me reprendía porque yo siempre peleaba y le hacía bromas a mis compañeras mujeres, recuerdo que un día me dijo “te voy a pasar de grado…pero no porque te lo mereces sino porque te quiero” así al año siguiente tendría  otra maestra. Pero al año siguiente, por obra del destino, la pasaron a ella como maestra de segundo grado “que mala suerte…otra vez tenerme de alumno” .

A los doce años, falleció mi mamá, y mi abuela me dijo “mijo va a tener que ganarse el puchero…” y es así que comencé a trabajar con Tomás Pitter cargando y descargando huevos y gallinas…recuerdo que Don Lisandro Treboux, venía en el camión a comprar mercadería para su almacén y para distribuir y le decía préstamelo a Riquelme que me ayude a descargar y entonces me llevaba hasta su almacén – camino a Hócker – y allí descargaba. Así fui haciendo changas hasta que ingresé a trabajar en el correo a los 15 años como mensajero y luego como auxiliar.

Mientras trabajé con Pitter vivía en la pensión de Don Lucio Ortega en una habitación compartida, allí llegó un maestro que venía de San José, él me enseñaba un poco y  me hizo tomar la comunión a los 18/19 años;  cuando entré al correo me fui a vivir al hotel Firpo.

Recuerdo que la correspondencia llegaba en el cochemotor, ahí la esperábamos con un carrito, venía un empleado del correo que en cada estación dejaba los sacos con la correspondencia. Eran 7 u 8 sacos, en uno las revistas y en los otros las cartas certificadas, expresos y las encomiendas. Las revistas eran para don Ángel  Deladoey , el papá del Negro, que además de la empresa fúnebre tenía un negocio de venta de revistas. En ese momento el jefe interino de correo era Fioretti y Oliver era auxiliar de correo. Se clasificaban y se iniciaba el reparto de la correspondencia que estaba divido en dos sectores, separando la planta urbana por la avenida Urquiza. La correspondencia para la zona rural se ubicaba en un mueble que tenía casilleros identificados con el abecedario y cuando la gente venía al pueblo la retiraba; también se enviaba lo que correspondía a la estafeta postal Cañada de las ovejas en colonia La Suiza; Hócker.

Cuando me fui a la conscripción compré un cuaderno para aprender caligrafía, estudié geografía para aprender lo relacionado el reparto y luche y luche y aprendí telégrafo. Me recibí de auxiliar telegrafista con 7,70 y luego rendí para ser telegrafista y me saque un 7,77.

En ese momento se ingresaba a los 15 años como mensajero, y si aprendías telégrafo a los 18 cubrías una vacante o te trasladaban. Morales llegó trasladado de San Jaime de la Frontera

Además de mi trabajo en el correo, a los 18 años comencé a cantar con la orquesta Cáceres y Ortega, debuté en la pista de Carlos Robín en Punta del Gauleguaychú, en esa época siempre los bailes tenían dos orquestas: una tropical que ejecutaba baiones – cha cha y la otra música típica: tangos, milongas, pasodobles. Yo cantaba en la típica. Tuve el orgullo de cantar con grandes maestros de la época como Thelmo Follonier; Kelo Spinoza;  Héctor Apecetche, con la orquesta de los hermanos Crosignani. Recuerdo que en una oportunidad participe de un concurso en una Fiesta Nacional del Tango en Rosario del Tala. Canté con Héctor Varela y Guillermito Fernández, que es ese momento tenía doce años. Algo que fue anecdótico: yo tenía preparado dos tangos “La última Curda” y “ Se tira Conmigo”; y  Carlos Joannás, un pibe de San Salvador,  me pidió que le dé este último tango; de más de cincuenta participantes pasamos cinco a la final y me ganó Carlos con el tango que yo le di.

A los cuarenta y cinco años, sin decirle nada a mi familia, un día fui y me inscribí en la Escuela N° 48 José de Oro, para finalizar la primaria, salía a las 19 del Correo y me iba a la Escuela todos los días y “tuve asistencia perfecta” y así terminé la Escuela Primaria siendo abanderado de la Bandera de Entre Ríos.

Y así transcurre mi vida… hoy disfrutando de mis días de jubilado.

 

Herme Roque Riquelme.

 

Otra anécdota contada por Herme Riquelme

 

“Doña Juana de los perros”

Doña Juana, era una uruguaya que vivía en el barrio “El Tiro Federal” en la primera casita; su casa era muy precaria, una habitación muy humilde y la cocina rodeada de ligustrina sin techo. Vivía junto a varios  perros; dos eran  manto negro que custodiaban el rancho cuando ella salía a pedir comida o a buscar con un baldecito su  vino moscato a lo de Pepe Sigot, un almacén ubicado en Av. Urquiza e Irigoyen.  Una tía mía solía llevarle comida, pero nadie podía entrar, los perros no lo permitían. Nunca se supo cómo cruzó desde el Uruguay para nuestro país, tampoco supe nunca su apellido. Cuándo ella falleció la policía encontró en esa pequeña habitación un baúl con un cuerpo de un niño, que se presume sería un hijo.

El carro panadero

Mi infancia transcurrió hacia fines de los años 50 y principios de los 60 en una casa situada en la esquina de las calles Cepeda y Estrada. Por aquel entonces el panadero pasaba en carro llevando el pan a las distintas familias. En relación a este oficio, recuerdo dos anécdotas…

Un día estando yo afuera de mi casa, vi que en un momento el caballo del panadero empezó a inquietarse, resoplaba y dando marcha atrás, se negaba a avanzar. La maleza y los pastos altos que había en esa zona no permitían ver que aproximadamente a una cuadra de distancia sobre la avenida Mitre se había instalado un circo con animales salvajes. Aún sin verlo, por instinto, el caballo sabía el peligro podía estar cerca.

También recuerdo que un día de mal tiempo, venía el mismo carro repartiendo el pan sobre calle Pueyrredón a la altura de Cepeda. En un momento, el panadero se baja del carro corriendo y de repente cae un rayo matando al caballo al instante. El episodio generó revuelo en el barrio entre grandes y chicos que miraban asombrados. Las señoras comentaban entre ellas, “a Roque (al panadero) no le tocó porque estaba bautizado”.

Eduardo Buruchaga